Sobre la ciudad, Chagall
¿Qué le diré a la mañana siguiente?
Siempre he creído, con grande maravilla,
que la poesía
eso que nos asalta las sensaciones, se
encuentra en el estallar de cada universo
como una chispa febril inflamando el
canto de las aves y los pulmones
de aquellos gorriones de vuelo etéreo;
sucede que a veces me encuentro en el
borde de un abismo, una inmensidad que miro de improviso,
sucede que, sin pretendiendo ver, me
topo de frente en lo que el silencio se afana en llamar “lo sublime”,
no hay precedentes, sólo las mañanas
tibias de primavera,
creo que en su mirada se encuentra
contenido el suave y primigenio impulso de lo cósmico,
una gota de trascendencia incendiando los
albores de la calma y el intempestuoso despertar del pez y la espada,
en sí misma es la glorificada
matemática, la geometría de un dios obtuso que conformó con su aliento
la estática presencia de un ser que
habita los terrenos de lo inmenso, como luz cayendo lento,
como sonido en la música que despierta a
los animales acallados en la costa del pensamiento;
analogo un discurso que se proclama en
el murmullo de las notas poéticas que recito de memoria
a tu sombra diáfana de luces claras.
Le hablaré de metafísica mirando el
infinito diorama que conforma su tiempo y sus gestos tenues
es el pan y el vino por la víspera
primaveral, es en sí misma el agua y el vaso, sustancia y forma
de lo que el paraíso ha dejado escapar
una vez anunciada la llegada del sol y sus órdenes angelicales,
es como la poesía y cada una de las
palabras que conforman la ordenación de los astros,
mis astros, las constelaciones, sus
constelaciones,
una lectura de las estrellas conjuntando
la alquimia terrena y la magia supraceleste,
originando, originándose, naciendo
eternamente en un tiempo ajeno al humano, más allá de los dioses
y cada nombre que les hemos dado;
ella es una palabra que se coloca en el
centro de la adivinación y los arcanos,
la reina, el mundo, la estrella, una
combinación simbólica del ahora,
la sorpresiva certidumbre de que el arte
coexiste con lo humano,
la anecdótica parsimonia de la luz y la
curiosidad con que abstraigo su imagen en esa fracción de segundo,
argumentando la constante llegada de la
brisa y la línea arquetípica que crispa su sonrisa de lumen.
Es presencia y poesía, un gesto suave
proclamando el clímax de la belleza, parecida al arquetipo
de oculto bajo el mando de las estrellas
estallando en la mirada de aquellos querubes alquímicos,
como oda y verso pronunciado al revés,
pero también es distancia y el ansia profunda del alejamiento;
toda luz trae en sí misma la presencia inhóspita
de lo que muere lento, un cúmulo desprovisto de líneas,
la vaga ensoñación de lo que nunca se ha
iniciado, la boca, la lengua, los dientes, las palabras
de ningún Dios saltando la cuerda y enredándose
en ella
el filo blandiendo la carne y el espíritu;
puedo decir que todo lo bello es lo más
terrible,
porque siento su mirada como el beso en
la parálisis, porque siento sus manos levantando cuchillos,
estériles ángeles del pandemonio
surcando las arcas en la Gólgota
en “el establo de Dios y el diablo”.
Le hablaré a esa presencia primeramente
nombrada, conjugaré dispares argumentaciones,
te lo digo claro, estas aves abandonan
el pleroma otorgado al jolgorio de lo instrumental,
porque soy un ser accidental, un fenómeno
contingente, la simulación del ser y el estar;
sabrás que he dejado de venir, y todo
juicio basado en la jurisprudencia dela creación carece
de una aplicación mística,
con brevedad, con sigilo, dejarás de
manifestar metáforas y sistemáticamente nos dejaremos de ser,
este hueco habrá crecido hasta hacer
nacer nuevos universos.
José J. González
Derechos reservados
2017

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